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Fue El Intérprete (Capítulo I: Nació Irén)

 

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Fue El Intérprete

 

 

Aclamada nota, aclaratoria del Buró. Oficina para la memoria de Exiliados.

 

Se dedica esta edición de carácter público; a la fortuna desaventurada de nuestro cuerpo de exiliados. Debido a su servicio resuelto y diligente, hemos logrado recolectar innumerables archivos (entre otras cosas, sobre la estrategia de los enemigos del Borde). Podemos asegurar que hoy estamos mucho más refugiados de los riesgos allá fuera, y en especial, mejor resguardados de las facciones que nos quieren ver como esclavos, reducidos.

A por nosotros vendrán, de esto no tengan duda, cuando la ocasión sea apropiada y cuando estén mejor informados. Se están acondicionando todos los requisitos en el Orbe del Erguido: cuantiosas barcas flotan, gigantescos vapores son escurridos desde pistones mecánicos y numerosos aparatajes retumban sus agudos chasquidos en la brisa más débil. Incluso, una colosal nube blanca ha sido reportada desde miles de pasos a la distancia. Sólo falta que aquellos ajenos a nuestra cultura, caigan en las propagandas desfiguradas de los enemigos, y tendrán cometido perfecto para expandir gran guerra (muchos serán sus aliados).

A por nosotros vendrán, que se corra la voz. Saldrán de nuestras tierras y países, romperán a nuestros socios, afectarán nuestros ecosistemas. Esto ha quedado debidamente advertido, tenemos que planificar maniobra preventiva.

Cuando la nube alargue su sombra, a por nosotros vendrán.

 

Comunicado Oficial del Buró. A los dos mil y novecientos con sesenta años desde la Fundación de la Gran Provincia del Borde (2960 f.g.p.b).

 

 

            Haciendo un augurio tan breve y acertado como el anterior, siendo el redactor asignado por el Buró para esta memoria de exiliados, creo que poco podría agregar a esta aclaratoria. Mejor, me dedico rápidamente a detallar esta pseudo-memoria de carácter informativo (y educativo) para nuestros países. Como es típico, usurparé en tercera persona (y a veces en primera) la voz de nuestro exiliado en cuestión, Íreten Irén, quien es mejor conocido por los cantos de fama como El Intérprete.

             Como podrán suponer, las transcripciones de los reportes de Íreten Irén, siempre fueron de mi responsabilidad, y aunque en la actualidad no mantengo contacto con él, tengo una familiaridad innata de su manera de hablar y razonar. Por ello, el protocolo del Buró en estos asuntos es muy claro: el redactor elegido para las publicaciones de los exiliados será su transcínico (“transcriptor” o “contacto”, dentro del Buró).

Tal vez no debería decir lo siguiente, pero buena suerte (y leve sensación de vergüenza) ha sido el poder usurpar los logros de Íreten Irén para mí mismo. Escribir sus memorias me ha consagrado en distinguido orgullo, un tremendo porvenir. Es bien sabido que este libro será muy codiciado y tendrá innumerables copias; incluso, podría ser releído hasta la eternidad como un clásico de nuestra era, quién lo sabe.

Pero, de esta misma revelación anterior, les resultará la desagradable noción de que es obvio que ni una sola palabra de lo que están leyendo proviene directamente del Intérprete en persona, sino más bien de mi elocuente composición escrita (basada en sus historias). Me horna pensar que esta desdicha se asemeja a salpicaduras que no logran extinguir minúsculas llamas, sino que al contrario, las avivan en fuego. Bueno, si se quiere, me gustaría que pensaran que yo me he convertido en llamarada brillante por el rociado del Intérprete ¡Te aplaudimos con celeridad Íreten!

Hago esta justa reverencia anterior debido a la fama del exiliado. Pero, también para recordarles a ustedes, lectores, que gracias a los aportes de Íreten como traductor universal entre especies, se pudo teorizar bastante bien el lenguaje de muchos pueblos, haciendo seguimiento del origen mismo de cada uno. Pocas veces hemos disfrutado de semejante devoción en un exiliado.

Con respecto a la redacción en sí, puede que durante el transcurso del relato haga pequeñas intromisiones explicativas que se desviarán brevemente de los hechos. Esto, solamente con el afán de complementar cuestiones cronológicas o de interés, mínimas serán esas interrupciones. Para esto, me permito proponer el siguiente símil: si se anda por una carretera; una nube nos cubre bajo su penumbra por algunos instantes, esto nos calma y reconforta; pues se nos refugia de sual (o sol, en boreal antiguo). Al terminar de pasar esta nube sobre nosotros, somos bañados nuevamente en luz ardiente y olvidamos al evento como si nunca hubiera pasado. En efecto, este tipo de interrupciones son necesarias para el espíritu de todos los seres, así lo creo y estoy convencido de ello. Tomando en cuenta mis años de experiencia tratando con exiliados, imitaré estos descansos como recurso literario.

Debo puntualizar que los hechos ocurridos fueron localizados muy lejos de nuestras provincias, particularmente en lo que conocemos hoy como Orbe del Erguido. Sin querer ser muy exactos con la fecha datada, lo reportando pasó a los dos mil novecientos cincuenta y dos años desde la fundación de la gran provincia Borde (2952 f.g.p.b). En otras palabras, hace unos siete años desde esta primera publicación.

Por ello, adelantándome a la inmortalidad que este insigne libro podría alcanzar como clásico cultural, debo esclarecer que las fechas y lugares referenciados anteriormente podrían significar nada para ti lector, es normal que cosas de este estilo se pierdan con el pasar del tiempo. Entonces, creo que es más apropiado que descanses cerciorado en tu sillón, silla o cama, sosteniendo este libro entre las manos; creyendo (fehacientemente) que todo lo que se te está relatando aquí, ocurrió así alguna vez, tal y como se expone. No quiero explicarme más sobre este asunto, sería superfluo considerando que yo no he redactado este texto como un mito o invento. Te pido cordialmente que no ofendas a los aquí mencionados; éstos pesaron su valor sobre la balanza: entre los sacrificios más gloriosos y los miedos más horrendos.

Bauta de Timín. Transcínico del Buro.

 

 

 

 

 

I: Nació como Irén

 

 

“En las praderas de pastizal verde llamativo, de flores blancas, de pimpollos rosas con brotes fértiles y tierras limpias, de un viento rejuvenecedor, luz confortable, sonidos apenas distinguibles, entre riachuelos y caudales azules,  entre suelos fructíferos y de seres libres. Ahí, es donde la alegría prolifera como sin ayuda, y contrariamente, es donde nace la tortuosa ofrenda que experimentamos día a día. Pues, vivimos en el Bosque Sin Nombre circundante, estamos obligado a no salir de éste casi nunca. Respiramos y divisamos la libertad más envidiable,  desde las ventadas que los troncos del bosque nos enmarcan, vemos un nuevo amanecer rosa que nunca nos llega”.

Estos fueron algunos de los escritos recuperados de la bitácora del Íriten más joven, cuando era apenas era un chiquillo de dieciséis años. Su padre, Illín La Bestia, fue también un exiliado de nuestros pueblos, miembro de las primeras misiones exploradoras en el Orbe del Erguido. Entre lo más destacable, fue quien fundó la hermandad de niños abandonados (críos desamparados por los repetidos saqueos bandidos en las rutas cercanas) en la vía de la Rea, posteriormente esta fraternidad se organizó en lo que titulamos hoy como la Tribu de los Monos azules. Pero, en aquél entonces, la hermandad era de suma clandestinidad, estaba estacionada en el Bosque Sin Nombre (o también llamado como la arbolada Illín) y fue el primer proyecto para la introducción de nuestra cultura a los chicos más desesperados de aquél orbe o continente: los huérfanos.

La relación entre Illín e Irén, fue de lo más normal y al azar para esas tierras. Entre una carroza de madera seca bien entramada, empujada por dos cábilos (animales cuadrúpedos muy peludos parecidos a los caballos, aunque menos agraciados que estos) se iba dejando una larga mancha estregada en el pavimento, como si alguien hubiera ingeniado apropósito tal espectáculo: una brocha gruesa que marcara un rastro rojo, oscuro, repugnante y continuo. Justo cerca de ahí, deambulaba Illín, quien apenas llevaba días desde haber dejado su barca encallada en la bahía más cercana (golfo que años después se apodaría como Ilimar, en su honor). Por accidente, Illín resultó compañero de una bestia deforme y solitaria a la cual casi asesinó en su primer encuentro (un animal que por cierto era mucho más grande que un perro, aunque de menor tamaño que un oso. De orejas muy largas, colores pardos y un hocico bastante pronunciado. La bestia asustaría a cualquiera que la viera directamente, y si lo quería, también podía llegar a ser tan tierna y amigable como lo deseara; por supuesto con quienes considerara de fiar, o con aquellos que le conviniere mantener una amistad, ya que justamente por esto fue que se salvó de las manos de Illín). Bueno, con esta simbiótica amistad improvisada, Illín andaba casi expuesto sin rumbo hacia el olet (o occidente, en vocablo boreal antiguo) por tierras muy accidentadas, de flora con poca espesura y marrón, siguiendo un camino empecinado que parecía haber sido construido hace poco (de albañilería muy pobre). Probablemente, Illín deambulaba por los asientos de la sierra montañosa Tenaza del Mar, en la Rea Inferior, persiguiendo algún río aguas arriba, y después, otro caudal aguas abajo. Como es común en esas tierras, había estado bebiendo una acuosidad muy fría durante días, casi insoportable al tragar. Pues, se había desprovisto de las reservas de sus odres y debía hacer una preceptiva parada (con su bestia) para recargarlos. Esta vez, Illín saboreó algo distinto en el agua del suelo, ésta era ahora mucho más agradable, rica y cálida. Un pequeño sorbo le bastó para revivirlo de inmediato (y a su bestia también) como si hubiera bebido un sabroso caldo. «Esto debe tener ciertas sales, o al menos, algo de sangre o grasa» pensó. «Aquí ha ocurrido algo en los alrededores, se han alterado a estas aguas para bien o para mal.» Si Illín hubiera tenido domesticada a su bestia para ese entonces, le hubiera sido de gran ayuda; aunque ni nombre le había puesto al animal porque éste no respondía a ningún vocablo ni murmullo. «Supongo que le gustará la sangre ¡Qué no quiera la mía después de semejante buche!» razonaba Illín con algo de gracia. Y así, sin hacer ninguna orden, prefirió seguir el paso de la bestia como sin más, la cual ahora estaba alborotada en un rumbo bastante fijo: acantilado abajo. Al transcurso de unas pocas horas, cuando empezaba a caer la tarde, llegaron a una planicie con menos pendiente. Un terreno bastante amplio rodeado de pendientes y de una herbaje corto, nada sorprendentemente extraordinario. Salvo que ahí, fue donde encontraron el semejante espectáculo de sangre que he descrito al principio de este apartado.

Y numerosos cuerpos apilados había en aquella escena. A Illín le pareció bastante raro lo que se le presentaba. Le fue necesario espantar varias veces a su bestia a punta de palazos para que no le devorara la evidencia presente, pues debía comprender y documentar muy bien todo lo que había ocurrido en aquel lugar  (era su primer encuentro relevante por estas tierras). Empezaba a escasear la luz, pues ya se difuminaban las figuras a la distancia. Pero, Illín siguió observando y anotando todo; demasiado extraño le parecieron los cuerpos encontrados. Había cadáveres que parecían ser de nuestra misma especie, bípedos con manos sumamente desarrolladas y un cráneo de composición facial proporcional a la nuestra. En su mayoría, todos éstos tenían una relación de piernas versus tórax bastante pobres (obviamente, eran individuos de piernas cortas en comparación a las nuestras, y de baja estatura sin exagerar). Por lo que Illín especuló que estos seres debían ser originarios de pueblos en las montañas y eran probablemente muy aptos para el frío. Considerando que los cuerpos estaban tirados en un lugar sustancialmente diferente a los ambientes más apropiados para éstos  y examinando con detalle de las manualidades halladas, Illín concluyó que el acontecimiento no había sido una manipulación adrede, sino que los cadáveres seguramente debieron haber sido comerciantes rodando entre poblados bárbaros e incipientes en estas partes del orbe. «Fueron atacados en el viaje, como pasa en todos lados, desde que el orbe es orbe» dictaminó. Pero, ¿Atacados por quién? Aquí es cuando el meollo del asunto te exigirá algo de incredibilidad a ti, lector.

Illín no solo avistó a hombres y mujeres, no, sino que había un grupo simiesco de seres muertos en el mismo sitio. Negros como el aceite geológico más oscuro en Mofos, de pelaje grueso y velludo, de caras cuadrumanas, corpulentos y con un aspecto de primate indiscutible (hasta por el peor de los biólogos). Estas bestias contradecían todo lo visto antes por Illín, poseían colmillos que sobresalían de los labios superiores, y a su vez, gozaban de gargantas internas muy bien conformadas, casi como si pudieran conversar si lo quisieran. Los cuerpos los tenía prácticamente cubiertos en pelos (pero poco denso los pelajes, casi como uno de nosotros siendo excesivamente peludo) excepto los rostros que parecían tenerlos afeitados aposta, además se habían teñido a sí mismos de colores vivos y no naturales, como lo son el gris y el púrpura, para presentarse en una especie de lenguaje jerárquico social (?). En su mayoría eran bastante cortos y gruesos, sin orejas ni protuberancias en el oído (esto último como la mayor contradicción evolutiva). Illín, seguía hallando más disparates en aquel lugar, cosas que habrían dejado boquiabiertos a los más escépticos de nuestras provincias (quienes hubieran reclamado una refundación de la filosofía al instante). Creo que en lo que cabe, Illín lo tomo bastante bien, pues mantuvo su compostura ante las revelaciones.

Aparentemente, por una aislación del Orbe del Erguido, allí se habían erecto muchas especies ajenas a la nuestra (con un andar semi-bípedo parecido al paso de un gorila en las Arcilla Mofas) aunque con pies de pulgares como los nuestros. De esto no sabíamos absolutamente nada. Difícil era determinar si habían sido modificados por tutela doméstica o no, pero al fin y al cabo, parecían ser animales con suma pericia. Illín encontró cuchillas de piedras y metales rudimentarios en manos de estas bestias negras, más sustancias (inflamables al fuego) que estaban empaquetadas en forma de granadas. «¡Espantoso horror debió haber sido presenciar lo que ocurrió aquí con estos energúmenos» temió Illín, ahora había dirigido toda su atención a la búsqueda de provisiones y cosas de utilidad (como mapas y demás) para irse de ese lugar rápidamente. Te reitero, lector, que no debió haber sido nada fácil digerir aquél evento, pues Illín era famoso por ser un verdadero temerario y combatiente. Y así, sin revisar demasiado, Illín guardó gran número de objetos en su mochila, arrancó con su alicate un canino del antropoide más decorado, y decidió partir.

A su vez, la bestia devoraba lo que le provocaba, y por azar del aquí y del allá, eligió acertadamente lo que debía morder para reclamar por última vez el interés de Illín. En efecto, la bestia provocó un aullido enervante en uno los cuerpos tirados. Había masticado a un niño (de nuestra especie) muy joven, que había sobrevivido y estaba naturalmente; bueno, vivo. Había fingido su muerte por quien sabe cuánto, y como es normal de imaginar, el miedo lo había inmovilizado durante horas. Con este hallazgo, Illín logró suponer que no había pasado ni un día desde que los hechos habían tenido lugar. Se preocupó por hacerle saber a gritos y gestos amenazantes a su bestia, que el niñato no era comida. Menos esfuerzos dedicó en hablarle al niño, quien estaba tapizado en barro y sangre, entre trapos rotos, sosteniendo con una piedra en la mano (defensa risueña) con una perpleja expresión irrisoria. Illín sabía que de nada serviría lo que le dijera al joven, pues no se iban a entender en su lengua, entonces creyó más oportuno ofrecerle un gesto de gentileza excesiva. Señalándose a sí mismo con el pulgar, le dijo alegremente: —Soy Illín Irén— repitió esto unas tres veces, y aunque el niño no contestó nada, Illín dio por celebraba la adición de este nuevo miembro a su compañía. 

Illín quería apresurar el asunto, porque ya se avistaban sombras tan largas que se perdían en el horizonte. Illín sabía que la luz estaba a punto extinguirse y no quería encontrarse en aquél lugar a merced de todos los curiosos como él, que fueran por la noche. Pero, como si fuera poco, aún le quedaba a Illín una sorpresa crucial con la cual tropezar antes de marcharse, detalle clave para nuestro relato. Pues, detrás del niño, en su espalda, colgaba una malla tejida por cabellos de animales y ungüentos de barro. Adentro, reposaba un bebé vivo, un bebe bestia ¡Un bebé simiesco! Y esto ya fue demasiado para el frágil ánimo de Illín quien ahora sospechando lo peor para sí mismo, decidió refugiarse velozmente (con todos estos individuos) en un matorral adyacente. Debía planificar qué era lo que debía hacer, y más aún, tenía que comprender qué significaba todo esto que se le había manifestado en aquella planicie ¡¿Acaso era este Orbe del Erguido una parodia entera?!

Illín sabía que le iba a tomar varios días redactar en detalle los reportes cualitativos sobre lo hallado en aquella localidad, y más tiempo si hacía la adecuada descripción de su nueva compañía. Creyó más oportuno para la inmediatez, adormecer los traumas de sus nuevos seguidores y trasmitiéndole instrucciones sobre las tareas necesarias y prontas que debían hacerse. Al menos al niño le logró explicar ciertas cosas mediante gestos: había que constituir un refugio, domar de una buena vez a la bestia fiera y localizar buena fuente de agua. El niño había seguido a Íllin instintivamente, ya sea por eso del lazo innato entre individuos de una misma especie, o por la falta de opciones, pero sin duda el niño se había encomendado a comprender las órdenes de Íllin. Y lo logró bastante bien, ya que el joven recaudó buena leña, recolectó frutos frescos y jugosos de manera excepcional y siguió atendiendo apañadamente a su crío salvaje. Puede que su aporte más destacado, fue el de pronunciar unas palabras que la bestia no pretendió desconocer sutilmente, sino que al contrario, fijó toda su mirada en el niño y le atendió cuidadosamente enderezando sus orejas. Era obvio que lo dicho era parte de una lengua muy pobre (una jerga limitada a unas 200 palabras corrientes, entre las bestias). Entonces, se vislumbró que el animal era llamado a través de unos chillidos bastante feos que sin duda era su apelativo propio: Guaflón, así se llamaba la bestia y resultaba que ésta era una exiliada como Illín, desterrada por bestias claro (tened en cuenta que el nombre se pronunciaba haciendo un gemido muy agudo sin distinguir entre sílabas. Parecía más un alarido o silbido, que un nombre. Para cualquiera de ustedes que nunca hayan atendido una bulla como ésa, no la diferenciarían de un gimoteo salvaje cualquiera). El mayor mérito de Guaflón, no era el de poder entenderse en una lengua que evidentemente había robado de alguna otra especie superior, sino el de poder comprender abstractamente números mayores a cuatro (sabemos bastante bien por los árbolas y sus oficios de biólogos, que esto es un factor fundamental en la definición de seres más conscientes de sí mismos, la abstracción de los números).

Con el niño dedicado a tareas sin parar, más el sumado escenario absurdo de que la bestia, perdón, de que Guaflón era un desterrado de sus tierras, Illín se brindó algo de tiempo para recordar a sus antiguos tutores del Borde y meditar sobre todo esto; se quitó la máscara, aflojó las gafas y se enrolló un grueso cigarrillo de hierbas secas. Mientras fumada en la oscuridad, con cada calada sintió a sus maestros más lejanos y necesarios que nunca ¡Ah! Cómo se reconfortaba Illín recapitulando lo que era sentirse seguro, sonriente entre amigos, recostado en un buen sillón de salón, disfrutando de  buenas frutas, de carne salada y de alguna que otra pinta de cerveza. Añoraba estar entre aquellos seres donde lo único que valía la pena ostentar era la honestidad, hermandad y elocuencia. Tener con quienes compartir los mejores cuentos y tocar en cordeles los cantos fraternos más largos (nunca antes ensayados, claro). Illín quería rebrotar y sentirse inamovible, para poder dormir en plena profundidad tranquilo. Pero no, Illín en ese momento estaba privado de todo aquello, y se vio cada vez menos reconfortado. Como respuesta antagónica a su desesperanza, no pudo resistir el invocar el credo que tanto le fue instruido desde niño en los viejos paneles educativos. Este proverbio estaba tan afincadamente grabado en  su inconsciente, que apenas logró advertir que lo pronunciaba en voz alta. Se trataba del canto sobre el razonamiento esencial del buen invasor, del exitoso domador (que años después por cierto, Illín designaría como su insignia familiar):

“Embólsate a los vecinos locales, porque son locales, porque son leales y porque son locales ¡Y porque son locales!”.

Esta doctrina le asistió en todo aquello que le estaba pasando en ése momento y le alzó buena parte del ánimo. «Si esta gran misión ha de sobrevivir» dedujo, «no solo debo procrear una compañía (de compañeros) ¡Sino una empresa de familiares!». Y así, tan decidido extrajo su bitácora del enredado equipaje que llevaba encima y buscó los archivos personales del Buró. Afinó su antena y transmitió una actualización innegociable sobre sus estatutos como exiliado. Se había concebido a sí mismo a un hijo, al niño lo había renombrado como Íriten ¡Hijo de Íllin! Evidentemente, esto iba en contra de todos los protocolos estipulados por el Buró, pero poco se pudo maquinar para enmendar tal impulsividad, pues muchas de las decisiones unilaterales de los exiliados a veces eran adoptadas sin refutación aparente. Ciertamente, en ocasiones los mensajes enviados por los exiliados eran alegados como nulos, al no estar adjuntados con la apropiada confirmación de su transcínico (esto ocurría si se consideraba como desfavorable lo recibido, o si el recado estaba incompleto). Pero, en aquél entonces, Illín contaba con un total inexperto como responsable dentro del Buró: yo. Y no solo le confirmé el mensaje, sino que apenas lo acogí, lo volví en una entrada activa y vinculante. Con esto, formalicé la nueva familia de Illín en todas las provincias. El Buró debió aceptar estos nuevos estatutos como sin más, porque lógicamente este procedimiento también estaba incluido en el mismo protocolo del Buró, y era una cláusula irrevertible (¡Qué ironía nos reinaba! Y todavía nos reina, si me permiten que se los diga, todo me resulta una tremenda entropía o sátira).

Finalmente, haciéndose unos sellos, memos y firmas, nació Íriten Irén, hijo de Illín La Bestia Irén, prometido intérprete y renombrado exilado, ante todos los ojos del Buró (de nuestra Gran Provincia Borde).

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